Ayer, ayer luego de todo, la difunta infanta apareció en mi cuarto y me tomó de la mano, me empujó al agujero negro. Me regocijé en la tristeza, te pensé, pero no te lloré.
Bebí desesperación, anhelo de muerte, me sentí a salvo.
Fue en la oscuridad nocturna donde leí oscuridad espiritual, espejos, espejos en todos lados, y el fin, constantes siempre constantes. Me llené de placer alimentando mi melancolía.
Yacía oculta pero floreció nuevamente e inundó mi interior, desparramó su encanto en todas mis personas y mis personalidades.
Me dejé llevar, me reí como loca, me morí un poco.
Dijiste que habías dormido, yo nunca lo hice, mis sueños son mi alivio y mi salvación, por eso ayer la otra no los dejó llevarme, ni tampoco quedarse.
Maldita la otra que no es más que esta, que es a mí como estas palabas son a mi decepción.
Presentí el encuentro, pero no fue mi intención encerrarme nuevamente, por eso salí. Salí y en mi imprudencia y mis deseos de dejar la cripta, me suicidé.
¿O me mataron?
Unas horas después moriste, ¿o yo te maté? Todavía estás vivo. ¡Oh, cómo lo lamento!
Ojalá ya no me duelas, ojalá te desintegres, ojalá seas sólo polvo naranja que se dispersa para fundirse con los recuerdos que ya no son nítidos.
No quise verte, es decir, quise verte, pero no que me vieras, quise ser invisible pero soy carne, carne maldita y enferma.
Pregunté por el abrazo y me respondieron: “Esta vacío”, estás vacío y yo muy llena, jamás lo entenderé, hoy ya no me preocupa.
El suicidio me causa placer, me espera tranquilidad, por ahora solo miro desde abajo de las malezas, ya no espero nada.









